3.24.2006

deliberaciones

Llegan momentos en los que detener la avalancha no es más que una idea ingenua. Lo que comenzó como propuesta aislada y cómo blanco de burlas es ahora el estandarte de quienes llevan la carga del gobierno. Y sucede que por algún motivo la propuesta se convirtió en petición, luego en exigencia y finalmente en prioridad nacional. Tal es así que una cancelación del proceso sería vista como alta traición a la patria en estos momentos.

Entonces alguien puede meditar y preguntarse si la masa realmente sabe lo que está pidiendo. Probablemente no. Lo que la masa sabe y conoce con seguridad es su condición de precariedad y la impotencia de no poder vencerla. Entonces la frustración se traduce en la necesidad de cambios. Es así que en un primer paso se opta por cambiar los rostros y los nombres que salen diariamente en las primeras planas. El siguiente paso es rehacer las reglas.

En ese contexto surgen algunos inconvenientes. Resulta poco realista creer que el simple reestablecimiento de reglas será capaz por si solo de crear orden en medio del caos. Es por eso que si bien es innegable que ciertas transformaciones son urgentes en el cuerpo legal fundamental de la nación, no se puede caer en el error de creer que la redacción de un nuevo texto engendrará soluciones al océano de dificultades del país.

Y es precisamente eso lo que despierta susceptibilidades. El hecho de centrar la atención casi exclusivamente en la cuestión constitucional, dejando en paréntesis el resto del paquete, muestra indicios de una falta de ideas claras para llegar a metas definidas. Ni las ideas ni las metas parecen estar siquiera en estado embrionario. Si es así, lamentablemente la institucionalizada y patentada improvisación seguirá reinando.

Quizás -luego de la impresión del nuevo texto- la masa se pregunte cuál es la nueva golosina que le ofrezcan. Pero entre tanto hay una función en marcha, y primero hay que esperar que llegue a su fin.

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